jueves, 20 de octubre de 2011

El rastro de mapache


El rastro de mapache

Dedicado a los viejos que crecieron solos, bajo las adversidades de la vida, y muy en especial a mi viejo.

Era un viejo cuaderno que guardaba celosamente, aunque no tenía la menor idea del significado de los garabatos y las letras que veía en el papel amarillento. Fue un regalo del maestro de la primaria rural: el abecedario y ejercicios de caligrafía sin resolver; era, de alguna manera, para que se motivara a escribir y leer. Desde entonces, el deseo de aprender lo acompañó todo ese tiempo al pasar frente a la escuela “Adolfo Ruiz Cortines”. Decididamente lo conservó como un tesoro.

A las cinco de la mañana, hora en que levantaban a Miguel, pues a sus escasos ocho años ya se entendía con las obligaciones de un adulto, el trabajo ante todo era primero para comer en esa casa. En la sierra el frío suele ser crudo y los pies descalzos parecían resentirlo más; los labios y las mejillas se agrietan a la menor gesticulación por el inclemente invierno. Por eso escondía de la tía Águeda una vieja y roída manta para cubrirse mientras le ponían su almuerzo: tortillas, papas cocidas, sal de grano y salsa para el día.

El abuelo Aurelio preparaba los arreos de los burros cargados con castañas de encino, llenas de pulque, para entregar en el tinacal.


En el camino de la vieja e interminable ladera azulosa, sus burros seguidos de un viejo perro, exhalando vaporcito por el hocico, algunos rayitos de sol parecían animarlo en su andar taciturno. Miguel, para quitarse de cualquier pensamiento, prefería silbar hasta el cansancio; cualquiera a su lado lo hubiese callado tras unos minutos de haber comenzado su concierto.

Tropezar con las piedras era uno de los grandes inconvenientes; los bordos pedregosos que caminaba le causaban dolor, y si trompicaba, pues... en algunas ocasiones prefería sentarse a remediar una uña rota sin disimular el llanto. Por tales consecuencias, unos zapatos serían como una bendición; los imaginaba al andar como si los llevara puestos, cubriéndolo del frío y de los golpes en las rocas. Tal vez la Chavelita, la niña de las trenzas, sí se fijaría en él.

Esto le dibujaba una pícara sonrisa en el rostro, que sin aparente motivo se dibujaba de oreja a oreja, lo que provocaba alegría en la gente que lo veía pasar.

Sonreír por unos zapatos era un pensamiento que no podía eludir en las mañanas.

Sus deseos de ir a la primaria y tener un hogar al lado de su madre, que lo había abandonado desde pequeño.

No sabía qué era tener un papá que lo ayudara y protegiera, ya que murió cuando él tenía tres meses de vida. El abandono a veces le menguaba sus fuerzas, pero lo hacía ser fuerte el orgullo o coraje. La realidad era llevar el pulque al tinacal, una labor de rutina, trabajo impuesto por el abuelo. Raspar la savia de los magueyales por las tardes para extraer aguamiel era otra de sus actividades, pues generaba un ingreso para el sustento de la familia, compuesta por tías, abuelos y primos. Al no haber más recursos, la escuela era casi un privilegio para pocos niños. Tras las jornadas largas, apenas y podía escapar por las noches con la palomilla; el regreso era una odisea para que no lo pillaran llegando tarde.

“El pulque, bebida ancestral y apreciada por los aztecas y mexicas: solo los sacerdotes y jerarcas de la gran Tenochtitlán tenían ese privilegio de beberlo, pues estaba prohibido para la gente corriente de esa época”.

“En las sierras, a falta de agua potable, significa una importante fuente alimenticia por las propiedades de este néctar para los pobladores, mitigando el hambre y las carencias alimenticias de las familias”.

Muchas veces se detenía bajo los árboles frutales para comer capulines o duraznos, mientras los burros se comían algunas mazorcas de los sembradíos.

El viejo Agapito lo miraba hacer de las suyas tras el solar de su casa, hasta que una mañana lo llamó con un silbido parcamente entonado.

—Muchacho, venga pa’ acá.

Al caer en cuenta del enojo del viejo, no tuvo más remedio que acercarse con cierta preocupación por los destrozos de sus burros.

—¿Onde vas, chamaco? —preguntó don Agapito.

—Pos voy al tinacal a dejar el pulque de mi abuelo —contestó Miguel.

Don Agapito dirigía su mirada vidriosa hacia los burros y, sin titubeos, le comentó:

—Ira, chamaco, te voy a dar una zurra porque me estás haciendo destrozos en la milpa.

Al escuchar Miguel la amenaza, se dispuso a salir corriendo, cuando el viejo le replicó:

—Ora, que si quieres que te perdone, tendrás que dejarme todo el pulque que trais.

La amenaza le provocó responder cautelosamente para no irritar más al viejo don Agapito, que, tembloroso por la cruda, le urgía hacerse un ventajoso trato y beber a como diera lugar para mitigar la terrible resaca.

—Pos no, señor, si le doy el pulque mi abuelo me va a acabar con una vara de ocote.

Y ya dispuesto a irse apresuradamente, el viejo Agapito atajó la carrera y, apresurado, cambió la estrategia y arremetió proponiendo otro trato más suave:

—Mira, Miguelito, como trais a veces harta hambre, te voy a dejar comer los capulines que quieras cuando pases, si me regalas media castaña de pulque. ¿Qué dices?

Sin titubear, Miguel contestó meneando negativamente la cabeza:

—No, don Aga, yo agarro la fruta madura que está en el suelo.

Como siempre, ocultando la verdad para no ser descubierto.

Ya desesperado de enfrascarse en una discusión tonta, Agapito lanzó la última oferta que tenía preparada:

—Mira, chamaco, te voy a dejar comer hartos capulines y duraznos, hasta ponerte barrigón, cuando pases, pero me vas a dar dos jarros de pulque.

Miguel, seguro de sí mismo, le enseñó sus tortillas con harto chile pa’ el hambre, a lo que arremetió don Agapito, pues la cruda lo estaba poniendo al borde de la desesperación:

—Mira, Miguel, dame dos jarros pa’ mi dolor de cabeza y yo te dejo comer la fruta que quieras de mis árboles y te regalo esos zapatos.

Se los señalaba sobre una gran piedra bajo los rayos del sol: unos zapatos tiesos y desgastados, pero de no mal ver para Miguelito, eso sí, un poco grandes para su talla. A Miguel le parecieron en ese momento un gran negocio; la oferta era terrible e irresistible para sus ambiciones, a lo cual respondió:

—Pero no le puedo dar dos jarros de pulque, si a lo mucho será uno… bueno, uno y medio.

Después del gran trato, no reparó en tomarlos y, sin dar las gracias, salió corriendo tras sus burros, que ya le aventajaban algunos metros. Cuando por fin vio el momento, alcanzó una piedra grande debajo de un árbol para calzarse los zapatos, viejos y sin media suela en ambos; se miraba claramente a través de ellos, pero, sin importarle tanto, avanzó con paso firme y elegante, dejando un rastro raro que seguía marcando los dedos de los pies, a lo cual, con el tiempo, sus amigos y conocidos bautizaron como el rastro del mapache.

No había poder humano para levantar un burro cansado y no le quedaba de otra que esperar un par de horas, con las lágrimas al borde de sus ojos, pues temía la aparición de la Llorona; los relatos de leyendas de espantos lo paralizaban de miedo, pero más valor le daban sus zapatos para correr si escuchaba tal espanto.

Las ocurrencias y las burlas no se hacían esperar, pues a la mañana siguiente mencionaban un rastro veloz que merodeaba por las noches las casas, provocando las risas de sus conocidos.



Al pasar los años, Miguel regresó a su pueblo, procedente de México, la capital, con unos zapatos a su medida y su viejo tesoro, que ahí mismo dejara aguardando por él, pues ya había cursado el tercer año de primaria. Esa tarde, con el recuerdo triste de su niñez, optó por resolver los ejercicios de caligrafía de su viejo cuaderno. Camilo, su medio hermano, sorprendido de ver que Miguel estuviera escribiendo, balbuceó, a lo que Miguel antes supo entender la intención de la pregunta:

—En aquellos años, cuando buscaba quien me regalara un lápiz para escribir en mi viejo cuaderno, nadie creyó que lo pudiera hacer. Camilo, creo en ti.

Él le extendió de su viejo cuaderno un maltrecho papel y procedió a deletrear las letras con él.

Camilo lo miró a los ojos con un gran sentimiento de respeto.

—Quiero ir a la capital también; tal vez con el mismo esfuerzo no me sentiré tan solo —comentó Camilo.

Miguel había ido con la intención de alcanzar a su madre y se encontró con que había primarias para adultos trabajadores por las noches, por lo que entendió que su deseo de niño no había desaparecido. Así, con esfuerzo y zapatos, también se llega lejos; ambos emprendieron su viaje rumbo a la capital para no volver más.

Nuestros padres representan nuestra seguridad cuando somos niños.

8 comentarios:

  1. awwwwwww me acabas de hacer llorar rafa :( m acuerdo de lo q m dicen mis padres cuando m qejo de la escuela :( m gusto mucho de vdd q si :Dt qierooo

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  2. MI QUERIDO RAFA, ES UN RELATO MUY HERMOSO, Y PENSAR QUE EN ALGUN LADO DE NUESTRO QUERIDO MEXICO PODEMOS ENCONTRAS OTROS MAPACHES.

    QUE DIOS TE BENDIGA

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  3. Muy conmovedor relato...la descriptiva me encanto...pude ir imaginando perfectamente cada cosa descrita....
    Mi reconocimiento para ti...mil gracias por compartirlo...
    Un enorme abrazo...

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  4. Nuevo humanismo mexicano, cargado de buenos impulsos de la memoria. Gracias. Felicitaciones.

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  5. Realmente hermoso amigo mio... besotototes!! Te quiero un resto!!

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  6. Bien Rafa, wow esa crónica me gusto mucho jaja no deje de leer con atención porque me atrapo wow me gusto mucho. Felicidades DDD

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  7. Este es un texto fuera de serie pues en el se plasma,las emociones,los sentimientos,la realidad,la historia,y lo que nos da la razon de ser,El Amor...Bravo Rafa.
    dste merida yucatan tu gran amigo sauri

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